Aula de guitarra flamenca. Entrevista a Israel Galvan

La insignia de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, el Premio Nacional de Danza del Reino Unido y la Medalla de Andalucía se suman a la larga lista de reconocimientos de Israel Galván en el poco tiempo que empezamos a gestionar la entrevista y tiene que ser al fin una molesta lesión la que facilite el encuentro. No porque el bailaor -así quiere que le llamen- se muestre en nada reticente a los medios, sino porque su ritmo es imparable.
14 de abril de 2016
Sara Arguijo Twittear

“Hubo una época que el público me daba miedo. Ahora, he dejado de levantar la ceja”

Galván no vive del baile, ni lo practica, ni lo ejerce, más bien lo necesita. Le acompaña de manera obsesiva hasta cuando no se sube a un escenario y, aunque al hablar se afane en mostrar las ventajas del parón, no puede disimular que la idea le martillea en sus silencios.

Dice que se ha propuesto regenerarse y convertirse cada equis en un bailaor nuevo y lo cierto es que ya en la despedida sentimos que se va un Israel distinto. Puede que la desierta Alameda de Hércules, el olor a azahar de este Lunes Santo soleado cuyas lluvias terminaron impidiéndole ver San Gonzalo, los trajes de volantes colgados en tiendas de segunda mano y estas reflexiones que sólo se asoman en charlas pausadas le hayan dejado cavilando. O le pasa igual que a una amiga, que no entiende las ganas de charlar de la gente cuando suena la música.

Ha dicho muchas veces que lleva fatal no bailar, ¿cómo se ha tomado la lesión?

Cuando me lesiono y no puedo bailar adquiero la capacidad de pensar más. Estas cosas que no eliges tienen su parte buena porque te obliga a replantearte todo. Para cuestiones de agenda es un marrón, pero es parte de mi trabajo.

“Muchas veces me pregunto cuántas veces habré zapateao, a lo mejor cuarenta millones de veces o más”

Insignia de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de Francia foto: Paco Manzano

¿Tiene miedo a que el baile le atrape?

Hay que saber descansar y confiar en que si se te queda una idea a medias, saldrá. Pero se necesita el día a día para avanzar; si no tienes la inquietud de buscar te puedes aburrir de ti mismo y cuando una persona se aburre bailando el público lo nota. Yo no me quiero aburrir bailando, por eso, soy tan inquieto.

Porque en su caso el baile es más ¿un refugio, una válvula de escape o una necesidad?

Cuando no bailo me doy cuenta que me hace falta la reacción que me produce en el cuerpo, como forma de expresión. Para alguien tímido como yo es importante porque bailar me hace estar rodeado de gente. Si no bailo es como si se cortara una parte de mí. De todas formas, tengo proyectos que coreografiar con lo que aunque no me mueva físicamente, el baile sigue estando presente.

De hecho, está preparando el espectáculo ‘Dju Dju’ de Isabel Bayón que se estrenará en la Bienal 2016, ¿puede desvelar algo?

La obra parte de una idea de ella porque sufre mucho con sus supersticiones y quería canalizar esa sensación y quitarse el dju dju de lo alto para ser más libre. Esto después lo hemos unido en el flamenco al concepto del duende, explorando cómo es y yendo en su búsqueda. Se trata de compartir con el público una energía, que nos quitemos el mal augurio. Es un espectáculo medicinal.

Y ¿cómo afronta coreografiar alguien que disfruta tanto bailando solo?

Es algo que me ha empezado a apetecer ahora. Imagino que es un proceso que tenía que llegar. Después de la experiencia en Torobaka, con la que perdí el miedo al contacto con otro cuerpo, y Fla.co.men, he buscado un cambio de tuerca. Siempre he necesitado regenerarme, he bailado con objetos, solo y ahora quiero estar con gente. Igual que mis primeros espectáculos iban más en torno a la muerte y después he ido hacia un flamenco más relajado. En el próximo espectáculo, La fiesta, compartiré escenario con siete artistas.

“Los abucheos me hacían bailar más rápido”

Israel Galvan – Medalla de Andalucía

Resulta curioso que para el atrás busque a los más ortodoxos, ¿no se asustan ellos de sus propuestas?

Creo que no porque se divierten. No les hago estar tensos, me gusta sacar lo libre que hay en ellos y que igual les da apuro sacar por su nombre o el de sus familias. Pero conmigo se les permite.

O sea, que Israel Galván es la excusa…

(Risas) Sí, y sale bien pues, bien y si sale mal pues será culpa mía (bromea).

“Necesito la reacción que me produce bailar en el cuerpo, como forma de expresión”

Su padre cuenta el enfado que tuviste de pequeño por no llevarte un premio por sevillanas… ¿Cuánto de importante sigue siendo para usted el reconocimiento?

Lecciones como esas te enseñan que hay que querer sorprenderse a sí mismo y presentarlo luego a los demás. Esto es un camino muy largo y al final bailar para que te den premios es falso. No sería arte, sería como una liga futbolística. Los premios llegan cuando uno no quiere ganar.

Sea sincero, ¿qué hay de verdad en lo que todo el mundo dice de que usted baila así porque el flamenco se le queda pequeño?

Lo que es pequeño no es el flamenco, lo que es pequeño es amarrarse y no salir. Si tienes necesidad de viajar y conocer otras cosas, no hacerlas. No considero al flamenco chico, porque sigo siendo bailaor, sólo que necesito ver otras cosas y evidentemente me influyen.

 

“Lo pequeño no es el flamenco, es amarrarse y no salir”

De hecho, si usted no hubiera hecho lo que le da la gana igual no hubieran llegado…

No sólo los premios. Si hubiera tenido miedo a la crítica, a no ganar dinero o a que no me dejaran bailar no hubiera hecho nada. Siempre tuve claro que iba a bailar yo, en mi sitio. Ha sido una necesidad.

Y en el binomio Pedro G. Romero-Israel Galván ¿cuánto influye el uno en el otro?

Pedro es un consejero. En mis obras están más presentes las charlas que tenemos cualquier día normal que lo que veamos en una reunión. Me lleva al sitio al que quiero ir. No es una relación donde él tiene una idea y yo la bailo, es una conversación entre amigos que siguen haciendo lo que les gusta y que se ríen. Esta comunicación es lo que al final se traduce en arte.

¿Qué es lo que más le gusta y lo que más repele del flamenco?

Lo que más, la capacidad que tenemos los flamencos de crear nuestro propio flamenco. Somos un grupo donde hay muchísima variedad y cada uno es un mundo más. Me parece que esto es muy enriquecedor. Y lo que menos… Intento que me guste. No me ocurre nada en el flamenco que no me guste. Forma parte de la vida.

Echando la mirada atrás, ¿qué tiene en estos momentos del Israel de sus inicios y qué de sus experiencias posteriores?

Uff, muchas veces me pregunto cuántas veces habré zapateao, a lo mejor, cuarenta millones de veces o más. Es un camino rápido pero de mucho baile y todo tiene que ver. Si no es por lo que te ha pasado no bailarías igual. Al final intento regenerarme cada ciertos años y crear un bailaor nuevo, aunque en la mente vienen todos. Esto va en mí desde chico, desde los cuatro años que pisé un escenario he tenido la necesidad de cambiar. Me siento como un animal.

¿Puede ser que ahora se vea más Sevilla en Israel Galván?

Sí que es verdad que lo que le gusta a la gente es ver algo que venga de tu raíz, aunque después lo interpretes como quieras. Yo soy de Sevilla y me doy cuenta que hay que rebuscarse ahí para llegar más lejos. Quizás, cada vez se me verá más anclado, más sevillano. He viajado por todo el mundo y me muevo muchísimo fuera pero mi sitio está aquí.

“Siempre me ha venido bien arriesgar porque es así como me siento bien conmigo”

¿Qué destacaría de su hermana Pastora como bailaora?

Mi hermana tiene un baile muy personal, un estilo que no se ve, racial. Ahora está en su propia búsqueda. Es una bailaora que está metida en un mundo que le exige no sólo bailar muy bien sino tener una obra hecha y luego si se tiene una obra de nivel parece que se les acusa de no bailar bien… No hay que bailar tan bien ni con espectáculos tan bonitos.

Israel Galván – National Dance Awards

En esta necesidad de regeneración que tiene, ¿a qué o a quién le gustaría bailar?

Primero lo de bailar acompañado de gente. También con el público que me ve bailar. Me fijo más en sus ojos e intento dar más, de una forma más cómplice. En cuanto a temática, me gusta la idea de la evolución robótica del hombre, que la máquina sea también inteligente.

Por cierto, ¿lo de complicidad es porque ya el público no es tan malo?

Hubo una época en que me daba miedo el público y levantaba más la ceja. Yo creo que los flamencos levantamos demasiado las cejas, incluso despertamos cierta violencia, miramos desafiantes. Ahora se me ha quitado esa cosa fría, dura, de querer dejar al público sin hablar antes de que me dijeran nada. Me veo más relajado y si a alguien no le gusto lo entiendo. Antes los abucheos me hacían bailar más rápido, como si me encontrara en un sitio donde me sentía cómodo. Pero al final siempre me ha venido bien arriesgar y hacer cosas nuevas porque me siento bien conmigo mismo. Por mucho que ensayes el público te pone el cuerpo de otra manera.

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